03 noviembre 2006

Para entendidos

Recibí estos versos por correo electrónico, con el título (del correo, no de la poesía) "para entendidos".
Estoy seguro que algunos de mis paciente lectores están entre estos entendido. Yo no, me tuvieron que explicar a qué se refería:


Sacos Verdes
La hiedra en los ladrillos. Sacos Verdes.
La cera en la mañana de los lunes,
los muebles viejos, la madera oscura
y desde algún rincón la flauta dulce.

Los claustros en silencio de la noche,
el retumbar de la escalera angosta,
trajes oscuros y vestidos blancos
en doble hilera frente a la capilla.
El amargo del mate con amigos,
una esperanza que resiste el viento,
la patria vieja y la liturgia digna.

Sueños y miedos, anudar las hebras
de aquel tejido frágil que se quiebra.
Ya se acabó, pero valió la pena.

¿Alguien adivina?. Escucho opiniones.
¿El autor?: Nombrarlo sería develar la incógnita. En la próxima entrega.

26 octubre 2006

Sin mas palabras

Elegía
Solo, con ruda soledad marina,
se fue por un sendero de la luna,
mi dorada madrina,
apagando sus luces como una
pestaña de lucero en la neblina.

El dolor me sangraba el pensamiento,
y en los labios tenía,
como una rosa negra, mi silencio.

Las azules cenéforas de la melancolía
derramaron sus frágiles cestillos,
y el sueño se dolía
con la luna de lánguidos lebreles amarillos.

Se pusieron de púrpura las liras;
las mujeres, en hilos de lágrimas suspensas,
cortaron las espiras
blandamente aromadas de sus trenzas.

Y al romper mis quietudes vesperales
lo gris de estas congojas,
las oí resbalar como a las hojas
en los rubios jardines otoñales.

Apaguemos las lámparas, hermanos.
De los dulces laúdes
no muevan le cordaje nuestras manos.
Se nos murieron las siete virtudes,
al asomar
los finos labios del amanecer.
¡Ponga dios una lenta lágrima de mujer
en los ojos del mar!

José Gorostiza

Correspondría a uno de mis hermanos entonar esta elegía... si madrina sería (sólo) quien el azar y la cronología nos designa.
Pero ese papel se cumple y se reparte entre dos, algunas o –con suerte– muchas.
Porque, a diferencia del sustantivo masculino, “padrino”, que dice mucho de protector y guardián, “madrina” habla de otras cosas: padrino es quien acompaña en un duelo a muerte, madrina es la que dirige a la tropilla al reparo.
Madrina es compañera. Es una presencia en la que apenas se repara... hasta que falta.

No alcanzo a entender por qué, pero estos últimos tiempos se me han rodeado de muerte. Y de la que se sienten muy adentro; detrás de la conciencia, un poco más allá del dolor.

Por eso me falla la escritura (¡tantos obvios lugares comunes!). Por eso tengo que copiar estos versos, ajenos.
Se puede escribir desde el dolor.
Pero más allá, no hay nada: se acaban las palabras... ¿qué puedo traer?.

03 octubre 2006

Otro comentario mas (sí, poniendome al día)

26 setiembre 2006

Ejercicio de memoria

¿Alguna vez hablé de la música sureras?. Soy folclorero (porque folclorista no, eso es demasiado) de gusto; aunque de esos que ni tocan guitarra, ni saben tocarla y saben que nunca van a saber tocarla.
En suma, soy de aquellos que, en cualquier asado, encuentro o peña, se arriman al guitarerro, le piden esta tonada o aquella zamba (“¿conocés tal y tal; creo que es del Chango Rodríguez”), le mantienen al hombre el vaso lleno de tinto, cantan despacito y, especialmente, escuchan.
Así, de tanto escuchar, de tanto escanciar y de tanto pedir, quedé prendado a lo surero. Milongas, triunfos, cifras. De las pocas que se conocen y se cantan en esos eventos, mas bien ganados por el folclore del norte.
Porque, como todo, el folclore tiene sus príncipes y sus mendigos. Y –Chalchaleros mediante– la zamba y la chacarera son, hoy, casi lo único que se canta.
Pero de vez en cuando alguien sacar a relucir una milonga. Una; o dos a lo sumo.
Tímidas, calladitas, para ir calentando los dedos.
De la música no voy a hablar: soy sólo un “escuchador” y no podría decir mucho: tiene ese ritmo triste, arrastrado.
Pero las letras.
Parece como que no dicen mucho, casi nada. Cuentan una historia casi insustancial por lo cotidiana; describen a alguien; comentan un paisaje (y ni siquiera un paisaje: en la pampa no hay paisajes).
Recuerdan.
Este es el punto: todas las milongas recuerdan. Son ejercicio de memoria.
De memoria plural. La del criollo surero, la de sus idas y venidas en esta pampa chata; la de su llegada a un lugar o un paraje igual a otros lugares y otros parajes, pero que se hacen para él distintos y únicos, porque es el lugar donde ha llegado. Como el Galpón de una estancia
(Cifra. Letra de C. Montbrun Ocampo).
Como en los tiempos primeros,
como en los tiempos primeros,
y lindamente plantados,
cuando se hallaba atestao´
de bolsas, lanas y cueros
dando frente a los potreros
y con dejo de arrogancia
está el galpón de una estancia
contemplando la ladera,
como si un símbolo fuera
de eternidad y constancia.

El no tiene más ofrendas,
el no tiene más ofrendas
que allá en la tirantería,
telas de araña a porfía
y de avispas la vivienda,
hay en las puertas leyendas
hechas a punta de acero,
la marca del estanciero
varias veces repetida
y una volanta vencida
que sirve de gallinero.

Hay un ombú ya viejón
que sus raíces extendiendo,
parece estar pretendiendo
echarse al hombro el galpón,
y no es tal su intención,
es que el ombú corpulento
lo abraza por los cimientos,
con mil recuerdos que añora
le da un beso cada aurora
y lo protege del viento.

20 setiembre 2006

Otra

Después de tanto tiempo (¡tengo que ponerme al día!) nueva entrada en Philobiblon.

01 setiembre 2006

Nocturno

A la noche


Noche fabricadora de embelecos,
loca, imaginativa, quimerista,
que muestras al que en ti su bien conquista,
los montes llanos y los mares secos;

habitadora de cerebros huecos,
mecánica, filósofa, alquimista,
encubridora vil, lince sin vista,
espantadiza de tus mismos ecos;

la sombra, el miedo, el mal se te atribuya,
solícita, poeta, enferma, fría,
manos del bravo y pies del fugitivo.

Que vele o duerma, media vida es tuya;
si velo, te lo pago con el día,
y si duermo, no siento lo que vivo.

Federico García Lorca
Hablarle a la noche no es poca cosa. Y no es que sea difícil, al contrario.
Es como hablar con la ausencia, o con un paisaje. Uno se encara con ella y le dice cuanto se le da la gana. Total no va a responder.
Pero ese silencio, en especial ese silencio nocturno a veces (no siempre, a veces; de tanto en tanto) se carga de respuestas.
De respuestas que no se escuchan o no se entienden. De respuestas que conozco como certeras. Unívocas respuestas a mis preguntas equívocas, taimadas.
Y así me doy cuenta de que ese silencio nocturno escucha, y aprende; responde, y enseña.
A veces no tener mas que oscuridad y silencio como respuesta es de lo mas elocuente.

Y lo mismo pasa con la oración.
Rezar es conversarle al silencio, a la noche. Pero a una noche plena, atenta. Y saber que muchas veces no habrá respuesta. O, mejor, saber que ese silencio es respuesta. Porque, antes de arrojar mi pregunta, ya sé cómo habrá de ser respondida.
Rezar es saber que siempre recibiremos las respuesta que Job. La misma respuesta.
Rezar es escuchar cuando:

El Señor respondió a Job desde la tempestad, diciendo: ¿Quién es ese que oscurece mi designio con palabras desprovistas de sentido? ¡Ajústate el cinturón como un guerrero: yo te preguntaré, y tú me instruirás!
¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra? Indícalo, si eres capaz de entender. ¿Quién fijó sus medidas? ¿Lo sabes acaso? ¿Quién tendió sobre ella la cuerda para medir? ¿Sobre qué fueron hundidos sus pilares o quién asentó su piedra angular, mientras los astros de la mañana cantaban a coro y aclamaban todos los hijos de Dios? ¿Quién encerró con dos puertas al mar, cuando él salía a borbotones del seno materno, cuando le puse una nube por vestido y por pañales, densos nubarrones?
(Job 38; 1, 9)

22 agosto 2006

Salve, Regina

Salve Regina, Mater Misericordiae,
Vita, dulcedo, et spes nostra, Salve!
Ad te clamamus, exsules filii [H]evae,
Ad te suspiramus, gementes et flentes,
In hac lacrimarum valle.
Eja ergo, Advocata nostra,
Illos tuos misericordes oculos ad nos converte
Et Jesum, benedictum fructum ventris tui,
Nobis, post hoc exilium, ostende,
O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria.

18 agosto 2006

Ímpetu

Mas no todo ha de ser ruina y vacío.
No todo desescombro ni deshielo.
Encima de este hombro llevo el cielo,
y encima de este otro, un ancho río

de entusiasmo. Y, en medio, el cuerpo mío,
árbol de luz gritando desde el suelo.
Y, entre raíz mortal, fronda de anhelo,
mi corazón en pie, rayo sombrío.

Sólo el ansia me vence. Pero avanzo
sin dudar, sobre abismos infinitos,
con la mano tendida: si no alcanzo

con la mano, ¡ya alcanzaré con gritos!
y sigo, siempre, en pie, y así, me lanzo
al mar, desde una fronda de apetitos.

Blas de Otero
de "Ángel fieramente humano" 1950


Porque cuando tengo algo que decir, siempre me parece mejor que lo diga Blas de Otero, o Hierro. Porque son brutalmente humanos, personas en descarne. No me caen bien; supongo que si los hubiera conocido, no me caerían bien.
Pero me gustaría ser Blas de Otero. O Hierro. O los dos.
La cuestión, el sentido de esta entrada es dejar constancia que me ha atropellado (otra vez; sí, otra vez) el tiempo y mis obligaciones. Y no es que ahora esté liberado, sino que he presentado carta de rebeldía: hoy, viernes (víspera de fin de semana y lunes feriado) mando al diablo mis vida y mis deberes.
Pero que se entienda.
No es que reniego de ellos. No he caído en algún suerte de hacé-lo-que-sentís de formato adolescente televisivo.
Es que, así como la fe se reafirma cada vez que le espetamos a Dios algún “desarreglo” (¡lindo eufemismo!) de nuestra vida, la reafirmación de esta vida que llevo a cuestas está en cada vez que me arrojo de ella, como de un tren en marcha, para verla alejarse. Y, así, poder verla en perspectiva, toda junta.
Pero, lo dicho.
Hoy, no soy yo. Ésta no es mi vida.

Aunque tampoco quiero otra

17 agosto 2006

Para estar; nada más.



El agua
Beso sin labio, novia en tu desvelo
esperando una boca que te beba;
y niña aún si un cántaro te lleva
arrullada en los brazos bajo el cielo.

Llueve, y el mundo goza de tu vuelo;
danza la espiga, ábrese la gleba
y es más dulce cantar cuando se prueba
tu líquido que sabe a nuestro suelo.

Saltando entre los juncos extraviada
en busca de la sed, corza ligera,
has quedado en mi mano aprisionada.

No importa que quien te haga prisionera
te dé su forma, corre alborozada
persiguiendo tu forma verdadera.

Jorge Rojas

Al final, hoy no llovió. Lástima. Me hacía falta.

20 julio 2006

¡Y bué!...

Ya sé, ya sé.
Todas estas conmemoraciones civiles, son un farisaicas, impuestas. Nauseabundamente comerciales.
Sí, huele a consumismo inculcado.
Sí, apesta a pseudoneopaganismo de cuarta.
Es así. Que se le va a hacer.
Como Papá Noel, como el Día del Padre.
Perdón, no tengo razones, no tengo argumentos. Perdón. Pero lo que copio abajo me llegó hace un rato.
Y no pude resistirme a este mistongo alarde de intelectualidad.
Señores y señoras: Aristóteles.

Ética a Nicomaco.
Libro octavo. “De la amistad”
No hay tierra que no sea inexpugnable, si entre los moradores de ella hay conformidad de voluntades y amistad, ni, por el contrario, hay tierra que no sea fácilmente puesta en servidumbre y cautiverio, si por ella pasa la pestilencia de las disensiones.
La amistad, o es virtud, o está acompañada de virtud.
A más de esto, es una cosa para la vida en todas maneras necesaria, porque ninguno hay que sin amigos holgase de vivir, aunque todos los demás bienes tuviese en abundancia.
Los ricos y, los que tienen el gobierno del mundo, parece que tienen mayor necesidad de amigos, porque, ¿de qué sirve semejante prosperidad quitándole el hacer bien, lo cual, principalmente y con mayor alabanza, se emplea en los amigos? O, ¿cómo se podría salvar y conservar semejante estado sin amigos? Porque cuanto mayor es, tanto a mayores peligros es sujeto.
Pues en el estado de la pobreza y en las demás desventuras, todos tienen por cierto ser sólo el refugio los amigos.
Los mancebos tienen necesidad de amigos para no errar las cosas, y los viejos para tener quien les haga servicios y supla lo que ellos, por su debilitación, no pueden hacer en los negocios, y los de mediana edad para hacer hechos ilustres, porque yendo dos camino en compañía, como dice Homero, mejor podrán entender y hacer las cosas.
Parece, asimismo, que la naturaleza de suyo engendra amistad en la cosa que produce para con la cosa producida, y también en la producida para con la que la produce; y esto no solamente en los hombres, pero aun en las aves y en los más de los animales, y entre las cosas que son de una misma nación para consigo mismas, y señaladamente entre los hombres; de do procede que alabamos a los que son aficionados a las gentes y benignos.
Siendo los hombres amigos, no hay necesidad de la justicia; pero siendo los hombres justos, con todo eso tienen necesidad de la amistad. Y entre los justos, el que más lo es, más deseoso de amigos se muestra ser.
No sólo la amistad es cosa necesaria, mas también es cosa ilustre, pues alabamos a los que son aficionados a tener amigos, y la copia de amigos parece ser una de las cosas ilustres.
Muchos, asimismo, tienen por opinión que, los mismos que son buenos, son también amigos. Pero de la amistad muchas cosas se disputan, porque unos dijeron que la amistad era una similitud, y que los que eran semejantes eran amigos. Y así dicen comúnmente que una cosa semejante se va tras de otra semejante, y una picaza tras de otra picaza, y otras cosas de esta suerte.
Otros, por el contrario, dicen que todos los cantareros son contrarios los unos de los otros, y disputan de esto tomando el agua de más lejos, y tratándolo más a lo natural, porque Eurípides dice de esta suerte:
Ama la tierra al llover
cuando está muy deseada,
y la nube muy cargada
quiere en la tierra caer;
y Heráclito afirma que lo contrario es lo útil, que de cosas diversas se hace una muy hermosa consonancia, y también que todas las cosas se engendran por contiencia. Otros, al contrario de esto, y señaladamente Empédocles, dijo que toda cosa semejante apetecía a su semejante.
Los que en la mocedad parece que eran, como dicen vulgarmente, cuerpo y alma, creciendo la edad y sosegándose aquel juvenil ardor, y cesando los ejercicios de aquél, vienen a desapegarse tanto, que suelen poner admiración a los que no dan en la cuenta de dónde procedía.
Los que se aman, pues, entre sí por alguna utilidad, no se aman por sí mismos ni por su propio respecto, sino en cuanto les procede algún bien y provecho de los unos a los otros.
Los que se aman por causa de deleite, porque no aman a los que son graciosos cortesanos en cuanto son tales o tales, sino en cuanto les es aplacible su conversación.
Los que aman, pues, por alguna utilidad, por su propio provecho quieren bien, y los que por deleite, por su propio deleite, y no en cuanto uno es digno de ser amado, sino en cuanto es útil o aplacible.
De manera que accidentalmente son estas tales amistades, porque el que es amado no es amado en cuanto es tal que merezca ser amado, sino en cuanto sacan de el algún provecho los unos y algún deleite los otros.
Perdido, pues, aquello por lo cual eran amigos, también se deshace la amistad, como cosa que a aquello iba encaminada.
La perfecta amistad es la de los buenos, y de los que son semejantes en virtud, porque estos tales, de la misma manera que son buenos, se desean el bien los unos a los otros, y son buenos por sí mismos.
Y aquellos son verdaderamente amigos, que a sus amigos les desean el bien por amor de ellos mismos. Porque, por sí mismos, y no accidentalmente, se han de esta manera. La amistad, pues, de estos tales es la que más dura, que es mientras fueren buenos, y la virtud es cosa durable, y cada uno de ellos es absolutamente bueno, y también, bueno para su amigo, porque los buenos son absolutamente buenos y provechosos los unos a los otros, y de la misma manera dulces y aplacibles.
Los que son, pues, amigos en esta amistad, todo lo que está dicho tienen por sí mismos; pues las demás amistades son a ésta semejantes.
Porque lo que es absolutamente bueno también absolutamente es aplacible, y estas cosas son las que más merecen ser amadas. En estos tales, pues, consiste el amar y la amistad, y la mejor de las amistades.
Ni es de maravillar que tales amistades como éstas sean raras, porque hay pocos hombres tales cuales ellas los quieren. A más de esto, tienen necesidad de tiempo y de comunicación, porque, como dice el vulgar proverbio, no se pueden conocer los unos a los otros sin que primero hayan comido juntos las hanegas de sal que se dicen, ni aceptarse el uno al otro, ni darse por amigos, hasta que el uno al otro le parezca ser digno de amor y se fíe de el.
Los que de presto traban amistad entre sí, quieren, cierto, ser amigos, pero no lo son si no son dignos de amor, y el uno del otro entiende que lo es. La voluntad, pues, de amistad fácilmente se concibe, pero el amistad misma no.
Es, pues, el amistad perfeta la que con el tiempo y con las demás cosas se confirma, y en la cual concurren todas estas cosas, y en donde a cada uno le procede lo mismo de parte del amigo, que al otro de parte de el. Lo cual ha de haber en los amigos.
La amistad que se toma por cosas de deleite, tiene alguna muestra del amistad de los buenos, porque también los buenos son los unos a los otros aplacibles. Y lo mismo es en la que se toma por respecto de alguna utilidad, porque también los buenos son los unos a los otros provechosos. Entre tales, pues, entonces duran más las amistades, cuando del uno al otro procede cosa igual, como si dijésemos igual deleite, y no sólo esto, pero también cuando procede de lo mismo, como acontece entre los graciosos cortesanos, y no como acaece entre el amador y el amado. Porque éstos no se deleitan con unas mismas cosas, sino que el enamorado se huelga de ver al que ama, y, el amado de los servicios que le hace el amador. Pero estragada aquella hermosura, muchas veces también se deshace la amistad, porque ni al enamorado le es aplacible la vista, ni el amado recibe ya los servicios que solía.
Aunque muchos también perseveran en el amistad, si acaso en la contratación se han conocido ser de costumbres semejantes, y de ahí han venido a amarlas. Pero los que en los amores no procuran el deleite, sino el provecho y intereses, menos amigos son y menos en el serlo perseveran ... porque no eran amigos entre sí, sino de aquel provecho.
Por causa, pues, de algún deleite o de algún provecho, bien puede acaecer que los malos sean amigos entre sí, y aun los buenos de los malos, y otros de cualquier manera.
Pero por sí mismos, cosa cierta es que solos los buenos pueden ser amigos, porque los malos no se agradan los unos de los otros, sino que algún provecho se atraviese de por medio.
Y sola la amistad de los buenos está libre de chismerías, porque ninguno fácilmente creerá lo que otro le diga de aquel que por largo tiempo lo tiene experimentado. Y más que en estos tales se halla el fiarse, y el jamás hacerse agravio, y todas las demás cosas que en la amistad verdadera se requieren...”
Los amigos que en compañía viven, huélganse unos con otros y comunícanse sus bienes. Pero los que duermen o están, absentes no obran cierto, pero están aparejados para obrar amigablemente, porque la distancia de los lugares no deshacen absolutamente y del todo la amistad, sino el uso de ella.
Pero si la absencia dura mucho, parece que hace poner en olvido la amistad, por lo cual se dice, comúnmente, que el silencio ha deshecho muchas amistades.
Ninguno hay que pueda tratar larga conversación con el triste ni con el que ningún gusto da, porque nuestra naturaleza parece que huye lo más que puede de lo triste, y, apetece lo suave y deleitoso.
Los necesitados, pues, apetecen el provecho, pero el comunicarse aun los mismos bienaventurados lo apetecen, porque a estos tales no les conviene la vida solitaria, y comunicarse unos con otros no es posible no siendo aplacibles ni holgándose con unas mismas cosas, lo cual parece ser propio de la virtud de la amistad.
Parece, pues, la afición o amor de los amigos al afecto, y la amistad al hábito. Porque el amor y afición no menos lo ponemos en las cosas que de ánima carecen, pero los hombres correspóndense en el amor por elección de su propia voluntad, y la elección procede del hábito.
Asimismo, los amigos desean el bien a sus amigos por respecto de ellos mismos, no por afecto de pasión sino por hábito, y amando al amigo, aman también el bien propio, porque el buen amigo, bien es de aquel a quien le es amigo. De manera que cada uno de ellos ama su propio bien y paga en la “misma moneda” a la voluntad y al contento que recibe del amigo. Porque la amistad se dice ser una manera de igualdad, lo cual, señaladamente, se halla en las amistades de los buenos.
En los hombres demasiadamente graves y en los viejos no se halla tan fácilmente la amistad, porque son menos tratables ni se huelgan tanto con las conversaciones. Estas cosas parecen ser propias del amistad, y las que la traban y conservan, y por esto los mancebos fácilmente toman amistad y, no los viejos, porque ninguno se hace amigo de aquellos con quien no se huelga. Y, por la misma razón, ni con los demasiadamente graves.
No es posible, pues, que uno sea amigo de perfecta amistad de muchos, así como tampoco es posible amar juntamente a muchos, porque esto parece cosa de extremo, la cual no se puede emplear sino en uno solamente. Ni es cosa fácil que muchos a uno le agraden de veras, ni aun por ventura que sean buenos. Pero por vía de utilidad y de deleite bien se puede aplacer a muchos, porque los que de estas cosas se agradan, son muchos, y estos tales servicios en poco tiempo se hacen.
Los bienaventurados y prósperos no tienen necesidad de las cosas útiles, pero tienen la de las cosas deleitosas, pues les agrada el vivir en conversación con algunos, y las cosas de molestia poco tiempo las sufren. Y por esto procuran tener los amigos aplacibles. Convendría, pues, que los buscasen buenos, pues los buenos son tales, y también para ellos lo serían, porque de esta manera habría en ellos lo que ha de haber en los amigos.
Los que están en señorío puestos, parece que tienen las amistades repartidas, porque unos amigos tienen que les son útiles y otros que aplacibles; pero amigos que lo uno y lo otro tengan, no los tienen, porque no buscan amigos que en virtud les sean aplacibles, ni útiles en las honestas, sino buscan amigos que les sean aplacibles con gracias cortesanas, procurando el deleite, y los útiles quieren los que sean prontos para hacer lo que se les mande. Y estas cosas no se hallan juntamente en uno.
El que está puesto en alto grado de fortuna no tiene tales amigos como éstos, si ya también no tiene alto quilate de virtud, porque si no lo tiene, no iguala conforme a proporción el excedido, aunque estos tales no acostumbran mucho a serlo.
Se duda si es verdad que los amigos desean a sus amigos los mayores bienes, como es ahora verlos hechos dioses, porque ya no les serían más amigos, y por la misma razón ni bienes para ellos, porque los amigos bienes son para el amigo.
Pues si es verdad lo que se dijo, que el amigo ha de desear el bien al amigo por causa del mismo amigo, conviene que el amigo persevere en el mismo estado que el otro amigo esté y así le deseará los bienes que a un hombre le pueden suceder más aventajados, y aun por ventura no todos, porque cada uno quiere más los bienes para sí.
Pero hay muchos que, por su arrogancia, desean más ser amados que no amar, y por esto hay muchos amigos de lisonjeros, porque el lisonjero es amigo de más bajo quilate, o a lo menos fingese serlo, y que ama más que no es amado.
Aunque parece que el amistad más consiste en el amar que no en el ser amado, como se ve claro en las madres, que se deleitan en querer bien a sus hijos,... y siendo alabados los que son aficionados a tener amigos, parece que la virtud de los amigos es amar de modo que, aquellos amigos en quien esto se hace como debe, son firmes amigos, y el amistad de ellos dura mucho.
Y de esta manera, aunque sean de desigual calidad, serán amigos, porque vendrán a igualarse, y la amistad no es otra cosa sino una igualdad y semejanza, y señaladamente la de los que son semejantes en virtud, porque como son personas firmes y perseveran consigo y con los otros, y ni tienen necesidad de cosas ruines ni dan favor para ellas, antes las prohíben.
Porque es propio oficio de buenos ni errar ellos ni permitir que sus amigos den favor a cosas malas; pero los malos no tienen en sí firmeza ni seguridad ninguna, porque ni aun a sí mismos no perseveran semejantes, y en poco rato se hacen amigos, deleitándose con su común ruindad.